El desafío del robot: ¿futuro sin trabajo o trabajo del futuro?

La automatización de tareas interpela a gobiernos y dirigentes; luces de alerta por la desigualdad social

Desde la mesa de un café de su ciudad, un joven bosnio -bien podría haber sido un joven de cualquier otra nacionalidad- logró que su preocupación llegara a la sala donde funcionarios, empresarios, sindicalistas y académicos de varios puntos del planeta mantenían un debate. En la casa madre de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en esta ciudad suiza señalada por Jorge Luis Borges como “la más propicia a la felicidad”, se desarrollaba un simposio sobre el futuro del trabajo. El joven comentó que le parecía muy bien la reunión que seguía a distancia, pero que también quería saber si podría salir ahora de su situación de desempleo.

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Detrás de la anécdota se esconden varias realidades. Una es que si el mensaje llegó al instante a las pantallas del auditorio fue gracias a la innovación de un sitio que facilita esa interacción: apenas una muestra de los avances tecnológicos que simplifican la vida, pero que, a la vez, representan para no pocas personas la posibilidad de que las tareas que hacen sean de esfuerzo físico o mental, empiecen a ser realizadas por un robot. El mensaje incluye, además, una pincelada de la situación actual del mercado de trabajo, de difícil acceso y con rasgos de debilidad para muchos y en gran parte del mundo. Y una tercera lectura del mensaje es la invitación a pensar cómo los análisis y debates sobre estos temas se enlazan con la vida cotidiana.

El lema de este “diálogo global” al que convocó la OIT incluyó un propósito, remarcado una y otra vez por el director general del organismo, Guy Ryder. La premisa es que los gobiernos y los referentes sociales pueden (y deben) actuar sobre lo que viene, en lugar de esperar pasivamente hasta ver que un determinado porcentaje de puestos de trabajo se haya perdido por la tecnificación. Por eso, el llamado fue a hablar del “futuro del trabajo que queremos”.

Entre las ideas en danza se habló aquí de disponer un impuesto que haga más onerosa la automatización de tareas que la contratación de personas, de reducir la jornada laboral y hasta de practicar una “acupuntura regulatoria” -tal como definió uno de los disertantes a la revisión de las normativas- para evitar que las nuevas formas de trabajo lleven a una mayor informalidad y, en definitiva, a una más grave desigualdad social.

El trabajo del futuro es un tema que la OIT (integrada por gobiernos, empleadores y sindicalistas) incluyó entre los que, con vistas a su centenario en 2019, serán especialmente analizados con la meta de elaborar un informe y recomendaciones. La institución nacida tras el fin de la Primera Guerra Mundial se enfrenta hoy a un escenario global diverso, marcado a grandes rasgos por la robotización creciente, la desigualdad en los niveles de bienestar entre países y entre personas, la precariedad de muchos empleos, el cambio climático y el envejecimiento poblacional, que trae efectos positivos pero que enciende luces de alerta, dadas las mayores necesidades fiscales y la eventual prolongación de la vida laboral.

“La inteligencia artificial ha socavado la premisa de que el trabajo cognitivo era exclusivo para humanos”, señaló en su disertación el economista británico Robert Skidelsky, quien diferenció así el fenómeno actual de otras épocas en las que también se pensó que el progreso de las máquinas afectaría al empleo. “Nos dicen ahora que el 47% de las tareas podrían automatizarse”, afirmó, en referencia a un informe hecho en 2013 por investigadores de la Universidad de Oxford, que se fijó un horizonte de dos décadas y analizó más de 700 ocupaciones.

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Skidelsky explicó que hubo en la historia un proceso de disminución de las jornadas, que se detuvo hacia 1980. ¿Las razones? Hay tres posibles, según analizó: la primera, que las personas no pueden encarar la idea de tener demasiado tiempo no estructurado en sus vidas; la segunda, que existe un concepto de “insaciabilidad” por el que se desean más y más bienes, y entonces se buscan más ingresos, y la tercera, más realista al menos para países no desarrollados como la Argentina, es que, en la práctica, no son muchos quienes pueden elegir cuánto trabajar, porque esa variable está más bien en poder de los empleadores (o de la necesidad de un ingreso suficiente, sobre todo en el caso de cuentapropistas, que en nuestro país son en su mayoría informales).

El sentido del trabajo

En la primera de esas tres posibles razones entra en juego el sentido que se le da al trabajo, que no sólo estructura la vida personal, sino que también otorga la posibilidad de autodefinirse con un rol en la sociedad. Y hoy parece haber una creciente conciencia de ello. “Las encuestas muestran que la mayoría de los jóvenes quiere un trabajo que se acomode a sus ideas”, sostuvo en un panel Clementine Moyart, integrante del Foro Europeo de la Juventud, quien dijo haber pasado, a sus 30 años, por seis experiencias laborales, algo que va en línea con un signo de estos tiempos: el abandono del concepto de trayectorias lineales, para dar paso a una mayor movilidad.

¿Hay que frenar la velocidad de los cambios para atenuar el impacto personal y social? Para Skidelsky debería haber estrategias para ralentizar el proceso y dar tiempo a las personas a adaptarse. Él es impulsor de un impuesto a la robotización y de la creación de un fondo para capacitar trabajadores.

“En mi opinión no es muy realista la idea del impuesto; sí creo que debemos gestionar la manera en que la tecnología se está introduciendo en el mundo del trabajo”, sostuvo Ryder, desde la conducción de la OIT.

Cuánto empleo podría perderse por esa intromisión es algo sobre lo que no se arriesgaron estimaciones. Sí se mencionó que desde hace décadas, la productividad crece más que el empleo y que, si bien las nuevas tecnologías crean nuevas ocupaciones, el consenso indica que el saldo final sería negativo. Un informe reciente de la OIT proyecta que en 2018 se sumarían 2,7 millones de desocupados a los 201 millones con los que terminaría 2017, fruto de que el número de quienes buscan ocupación crecerá más que la cantidad de puestos. El escrito señala también que las ocupaciones vulnerables representan el 42% del total.

Contra la inequidad que revela el último porcentaje citado, es cierto que el avance de las tecnologías puede hacer su aporte positivo. Un caso concreto es el de la estrategia de algunos países de África para la inclusión financiera, basada en el uso de celulares.

Otro curso de acción que aquí se debatió, vinculado a enfrentar el riesgo de mayor desigualdad y vulnerabilidad social por la robotización, es el pago de un ingreso universal básico por parte de los Estados. El investigador de la Universidad de Witwatersrand (Johannesburgo), Imraan Valodia, valoró cómo se abordaron esas medidas en América latina. Varios países de la región, y no sólo la Argentina, dispusieron pagos para la protección social a favor de quienes no tienen empleo, aunque ahora se discute su efectividad en el mediano y largo plazo, por la forma en que los planes se diseñaron.

Los defensores de una política de ingresos universales admiten, por otra parte, que no es lo mismo pensarla para países desarrollados que para países con alta informalidad y bajos salarios.

Repensar los roles

Según el debate que hubo en la OIT, a los desafíos ya de vieja data como el que plantea la desigualdad, se agrega ahora el que representan las “economías de plataforma” o colaborativas, como el caso de Uber. ¿Existe o no una relación laboral? Y en tal caso, ¿cómo debería regirse? El tema admitió aquí diferentes opiniones. “Nos dicen que alguien que trabaja en un coche como conductor es autónomo, cuando en realidad está empleado”, señaló por caso Philip Jennings, secretario general de la Unión Global de Sindicatos de Servicios, con sede en Suiza.

El rol de los sindicatos estuvo puesto sobre la mesa. Según apuntó Marcel Van der Linden, investigador del Instituto Internacional de Historia Social, la tendencia a una desintegración del “mundo del trabajo habitual”, va de la mano de la caída de la tasa de afiliación sindical. “Un rol que funcionó bien para los sindicatos es el de la negociación colectiva, pero eso no va para los informales; hay que pensar maneras más creativas de organizar a los trabajadores”, desafió.

“Lo importante es que se defiendan los intereses del individuo, no los de las instituciones, porque seguirá habiendo trabajo, pero no en la forma tradicional”, afirmó Peter Woolford, directivo del Consejo Empresario Canadiense, que mantuvo un contrapunto con Jennings.

En el nuevo escenario hay al menos dos fenómenos sociales en los que se centran las expectativas de generación de puestos: el cambio climático, que despertó interés por el cuidado del medio ambiente, y el envejecimiento poblacional, que llevaría a generar empleos vinculados al cuidado de adultos mayores. Sin embargo, se hicieron dos observaciones con respecto a este punto: se advirtió que trabajar con personas mayores es algo que requiere de una vocación muy definida y se puso en duda si habrá una demanda significativa de esos trabajadores, ya que las familias necesitarán ingresos para pagar los servicios. O, en todo caso, según alguien se preguntó, habría que evaluar cómo se financiaría un eventual derecho de ancianos a recibir asistencia.

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Esa y otras cuestiones dependerán de las estrategias de los Estados y los organismos transnacionales. Pero para muchos está claro que ni la normativa de los países ni los convenios de la OIT por sí solos cambian algo en la vida real, sino que ello ocurre si existen controles y un compromiso político y social.

Confianza, representatividad y solidaridad son conceptos que destacaron algunos oradores, con la mirada puesta más allá de la cuestión legal. Uno de ellos fue el ex director del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo Social de Naciones Unidas, Thandika Mkandawire, quien advirtió que crear instituciones no es suficiente. Y sentenció: “Ni deberíamos preocuparnos por los robots si estuviéramos basados en la solidaridad”.

Números de una realidad compleja

Desocupación

201

Millones

Son los desocupados en el mundo; este año se sumarían 3,4 millones, aunque la situación podría aliviarse

1,4

Millones

Desempleados en la población urbana argentina (estimación basada en el informe del Indec del IV trim. 2016)

Empleo débil

42%

Vulnerables

Proporción de ocupados que está en situación de vulnerabilidad en el mundo: unas 1400 millones de personas

33,4%

Sin protección

Porcentaje de asalariados de la Argentina que no tiene aportes; en el cuentapropismo la informalidad es mayor

En alza

3,4%

Crecimiento

Es lo que se espera que se incremente el PBI global este año, aunque la OIT advierte que hay incertidumbre

2,8%

Proyección

Es lo que avanzaría la economía argentina este año, según estimaciones de economistas que publica el BCRA

Retos en el escenario laboral

Robotización

Las tecnologías avanzan sobre cada vez más tareas de esfuerzo físico y mental; según una investigación, el 47% de los trabajos podría automatizarse; recomiendan diseñar políticas para suavizar el efecto

Nuevos vínculos

En lo referido a la economía colaborativa o de plataformas está abierto el debate sobre la existencia o no de relaciones laborales y sobre la manera en que estos vínculos deberían regularse por parte de los Estados

Redefiniciones

El nuevo escenario, que lleva en muchos países a un incremento del empleo autónomo, desafía a pensar en una revisión de las normativas laborales y también de los roles que ejercen los actores sociales

Desigualdad

En varias partes del mundo se teme que tanto la robotización como el mayor peso del cuentapropismo agraven la situación de desigualdad social, que se da tanto entre países como entre personas

Envejecimiento

La mayor expectativa de vida provoca mayor necesidad de recursos fiscales; se discute si las personas trabajarán más años y se destaca la aparición de empleos vinculados al cuidado de ancianos

Cambio climático

La conciencia por el cuidado del medio ambiente crea nuevas actividades y empleos; también se generan tensiones, ya que se promueve la moderación del consumo y eso afectaría la producción


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