Mariela Muñoz, cantan tu canción

Fue una de las primeras travestis que apareció en los medios luchando por sus hijos, por su derecho a la maternidad.

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“Die mutter der nation”, la madre de la Nación, la llamó un informe de la televisión alemana. Mostraban con afán de exotismo en degradé el injusto país sudamericano en su busca: la cámara descendía sobre cuerpos macerados de miseria hasta el paseo apurado del yuppie; desde las grandes torres de Retiro hasta las casitas ocre de Ezpeleta, en una de las cuales Mariela Muñoz domaba el destino, hasta que en mayo de 1993 el estrépito legal y policial, ocasionado por la denuncia de una madre biológica chantajista, la echó a una fama sin fronteras que nunca esperó. Al menos, no al precio bruto de tener que separarse en patrullero, y para siempre, de tres de sus hijos, los últimos y más pequeños de una larga descendencia adoptada bajo las leyes de la desesperación, que son las que se gestan en la periferia. Es que Mariela, la tarotista trans que compartía lo que ganaba con los desamparados, enseñaba al barrio que el movimiento de un nonato en el vientre puede no ser un llamado al amor sin condiciones ni motivo de felicidad o esperanza, si parir otro hijo es parir lo que se cree imposible. Así, muchas mujeres se le acercaban para que les criase al niño o la niña, yella cobijaba la súbita cría, disputándole el terreno al destino y la placenta. El vecindario la admiraba y hasta le escribieron una canción de desgarro folklórico cuando quedó huérfana de sus hijos; una señora se preguntaba si no era preferible que “alguien como Mariela” (ese monstruo solidario) diese el amor necesario a un chico antes de que una madre lo hubiese abortado; otra, más inteligente y audaz, sostuvo que un pedacito más o menos de carne no determina “el sexo de una persona”, y que Mariela siempre fue mujer, y así la consideraba ella desde que la conoció.

La señora del pedacito no sabía que, al bajarle el precio a los genitales, borraba de un plumazo la impronta psicoanalítica patriarcal, y gestaba avant la lettre toda una teoría de arrabal argentino sobre la identidad de género. Lo que quizá no tomó en cuenta es que, en Mariela, ese pedacito sobrevivía solo como fantasma social, porque en lo concreto había sido arrancado por abominado en 1981 en Chile, donde ya por ese entonces se permitía la costosa operación de reasignación de sexo. Ella tenía su novio, a quien aún no había podido, por pudor y por convicción, ofrecerle la primicia de su desnudez: “vale decir que yo me casé virgen a los treinta y pico, porque no había hecho el amor con ningún hombre antes de él”.

Virgen madre, Mariela había representado como nadie el papel más relevante que reserva a la mujer la mitología cristiana. Por exceso en el cumplimiento de las leyes más sagradas, pasaba por alto la violación de los códigos jurídicos. Anotó como propios a los tres niños, luego arrancados en medio de un escándalo nacional, y desde entonces los set de televisión, las organizaciones lgbt y hasta las Naciones Unidas (donde presentó su caso) fueron para ella un nuevo barrio conceptual donde dar cuenta de su amor de madre y popularizar, sobre esa condición, el debate acerca de la identidad de género. Todos tenían algo que decir al respecto, y lo cierto es que contó con un apoyo prodigioso en la sociedad argentina, para quien las instituciones del Estado nunca son inocentes, y si hay algo que vence el horror al vacío es La Madre. Al principio, algunos medios optaron por el pingue amarillismo, e insinuaban que el caso Mariela ocultaba el tráfico de niños desde Chile, y hasta inventaron que alguien la había visto fraguar el amamantamiento de una de las criaturas, en una especie de emulación de la mítica Difunta Correa, cosa que en todo completaba la imaginería religiosaen el espectro de su vida. Pero ella derrotó la verdad y la mentira. Abrió con su lucha legal el camino por donde avanzaría más tarde el colectivo de las trans con la ley de identidad de género: en 1997 fue la primera en obtener su documento de mujer, que mostró con orgullo en la mesa de Mirtha Legrand, en una época en la que la nonagenaria ofrecía con generosidad sus cámaras y sus cubiertos a quienes se convertían en sujetos de interpelación política y social. Aunque la conductora no pudo con su genio, y en ese fluir suyo de conciencia televisada, razonó que Mariela era un ejemplo, a pesar de su bizarra condición, porque no tenía “esa vida irregular de los travestis y los homosexuales”.

Mariela, hasta su muerte la semana pasada, no pudo volver a ver a sus tres hijos, ya casi adultos. En todo caso, en otro gesto de maternidad ejemplar, prefirió no reencontrarse hasta que, discerniendo la paja del trigo, ellos pudieran comprender su propia historia. Empobrecida, sobreviviendo gracias a un subsidio estatal, ya casi había perdido la vista, el oído y la capacidad motriz a causa de sucesivos ACV. La alguna vez llamada madre de la nación podía ascender al cielo trans con orgullo y dolor. Orgullo de una descendencia agradecida por la oportunidad que le brindó, dolor por la que le arrancaron. Orgullo, también, por haber sido partera de esas leyes que reclamábamos ya en las primeras marchas mediante la consigna “documentos legales para transexuales”. Sin adivinar, todavía, hasta donde se llegaría, y se llegó. Descanse, Mariela, en los meandros de la eternidad, que acá en la tierra su cría sigue ya sola su camino, claro que con su mirada siguiéndola de cerca.

Por Alejandro Modarelli para Pàgina/12


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