Aullidos, cenizas y animales en River: cinco mitos y leyendas del Monumental

En Núñez hay relatos que se cuentan por lo bajo, difíciles de comprobar; en este recorrido, historias que vale la pena conocer del estadio

Estas son historias que se cuentan por lo bajo, difíciles de comprobar. Esos típicos relatos que abonan la teoría del “creer o reventar”. Se cuentan en Núñez pero con una condición: nadie se atreve a dar a conocer su identidad. El Monumental es la casa donde River forjó buena parte de su gloria, pero también una usina de mitos y leyendas que vale la pena repasar.

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¿Almas en pena? Imágenes extrañas en la profundidad de la noche, gritos y aullidos que causan temor, puertas que se cierran sin que haya nadie en las oficinas ni en los pasillos del estadio. Son varios los empleados de seguridad de River que aceptan hablar del tema, un secreto a voces para los que transitan el Monumental día a día, pero con la condición de permanecer en el anonimato. “En los palcos de las plateas Belgrano y San Martín se escuchan portazos a la madrugada incluso en días de mucho calor en pleno verano. Con esto quiero decir que es imposible que sea por el viento. Es algo muy raro y hasta difícil de creer, pero te juro que es así”, afirma uno de los empleados, vestido con un camperón negro y pantalones y zapatos del mismo color. Quienes creen en las cuestiones esotéricas afirman que las muertes trágicas suelen dejar cuentas sin saldar en el alma de las personas involucradas. Y por ello atribuyen la existencia de esos fenómenos extraños que -según la leyenda- aparecen en la noche, a los 71 hinchas de Boca que murieron en el Monumental en la famosa puerta 12, luego de un Superclásico jugado el 23 de junio de 1968. “Debe haber almas que no pudieron elevarse por la forma en que murieron y quedaron ahí, en pena”, agrega otro de los empleados que confiesa ser un ávido lector de libros sobre fenómenos paranormales. Hay más testimonios que apuntan en la misma dirección: “Las empleadas de limpieza que vienen a la noche se ponen auriculares para escuchar música porque no quieren oír el ruido de los portazos que se escuchan a la noche en las oficinas”. Lo cuenta alguien que por su trabajo también recorre a diario los pasillos del estadio. Y agrega: “Esto es lo mismo que cuando la gente de seguridad va a vigilar a la noche la zona de la pileta olímpica y de pronto el agua empieza a moverse como si alguien estuviera chapoteando, o cuando de noche se ven figuras en medio de la oscuridad del Monumental”.

La nena del museo. Una de las leyendas que suelen escucharse en el museo de River entre los empleados o socios que día a día transitan el club es la que habla de la “nena del museo”. Según cuentan sotto voce, se trata de una aparición que ocurre por las noches y que motivó la renuncia de dos empleados por el temor que les generaba la situación. “Ya renunciaron dos empleados porque se tenían que quedar de custodia a la noche y en el medio de la madrugada se les apareció la imagen de la nena del museo”, asegura un empleado del lavadero que está enfrente del Monumental y que conoce a la perfección esas historias porque su trabajo queda a menos de veinte metros del museo de River.

Las cenizas de la discordia. El ritual se puso de moda a fines de los 70, según afirman los socios vitalicios que asisten a diario al Monumental: cuando moría un fanático con llegada a la dirigencia, al plantel o a alguna otra área con poder dentro del club, sus restos eran esparcidos en el estadio. Se trataba de ceremonias más bien íntimas, en las que algún familiar cercano al hincha fallecido diseminaba las cenizas por el césped detrás del arco que da al río de La Plata o a la tribuna del tablero electrónico, ahora LED. En consonancia con la debacle deportiva e institucional que años más tarde desembocaría en la caída del equipo a la B Nacional, durante el segundo mandato de José María Aguilar se decidió ponerle fin a esa práctica. Fue al poco tiempo de que Luciano Figueroa, Radamel Falcao y Fernando Crosa se lesionaran en el área que da a esa tribuna, lo que agigantó la creencia de que las cenizas tenían “mala onda”, tal como afirma una persona que en aquella época trabajaba en River. Por entonces, recuerda, se le puso fin al ritual cual decisión de Estado, como si los motivos de las desventuras que pasaba River por entonces hubieran estado relacionados con las cenizas antes que con las malas decisiones dirigenciales y deportivas.

El mono y el loro del gimnasio. Donde hoy está el pelotero, a mitad de camino entre el vestuario Angel Amadeo Labruna (el que suele utilizar el equipo de Marcelo Gallardo) y el anfiteatro del Monumental donde el Muñeco da las conferencias de prensa los días de partido, en los 70 y los 80 supo funcionar el gimnasio de River. Allí, afirman los socios veteranos que hoy frecuentan el club, se llenaba de fisicoculturistas que iban a entrenar al gimnasio, en la mayoría de los casos a la tardecita. “A la noche cerraban el gimnasio para ellos y no dejaban que entrara ningún socio porque habían tomado el lugar como propio”, comenta un socio vitalicio de River, que aclara que se trataba de fisicoculturistas y no de barras, al menos por entonces. En efecto, cuatro socios actuales confirmaron a La Nación que los patovicas habían llevado a vivir al gimnasio a un mono y a un loro. “Al mono lo hacían dormir en una especie de cuevita que había en la parte alta del gimnasio, subiendo unas escaleras”, agrega uno de ellos. Y al loro le enseñaban a pronunciar insultos contra Boca. “Lo peor fue cuando los patovicas les inyectaron anabólicos al loro y al mono, que al poco tiempo se murieron”, dicen por lo bajo.

La silla de umpire de Angel Labruna. Del año 75, cuando River cortó la sequía de 18 años sin campeonatos locales, los hinchas millonarios recuerdan el gol de Rubén Bruno, el desahogo ante Argentinos Juniors en la cancha de Vélez, la gente llenando todos los estadios. Pero solo quienes recorren el club día a día reparan en un detalle fino, de colección: Labruna, el técnico de aquel equipo campeón y hoy máximo ícono de la historia de River, observaba los partidos en el Monumental, desde una silla de umpire de tenis. “Desde el banco de suplentes, a ras del piso, no puedo ver bien el partido”, le decía el mítico Feo a Rodolfo Talamonti, su ayudante de campo. Talamonti era tan riverplatense como Labruna, al punto de que cuando se presentaba ante algún desconocido, le decía: “Me llamo Rodolfo, con ‘R’ de River”. Volviendo a la silla de umpire, Labruna pedía que la pusieran a un costado del banco de suplentes, hacia la mitad de la cancha, y allí se sentaba, para deleite de esos plateístas de la San Martín que tanto lo adoraban.


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