Elecciones en Argentina: El triunfo de Cambiemos y el nacimiento de Unidad Ciudadana

Compartimos la editorial del legislador José Cruz Campagnoli para Celag. 

A pocas horas de celebrarse las elecciones legislativas en Argentina, queremos arriesgar algunas consideraciones.

CELAG

Cambiemos, la fuerza de gobierno, se impuso en catorce de las veinticuatro provincias en disputa, entre ellas, las cinco más importantes de Argentina. Un dato destacable es la victoria de la fuerza de Mauricio Macri en la provincia de Buenos Aires por una diferencia del 4% de los votos sobre la boleta que encabezó Cristina Fernández de Kirchner y Jorge Taiana.

Estos resultados tienen múltiples lecturas, que exceden el propósito de este artículo. En general, los guarismos electorales señalan ciertas correlaciones de fuerza y son una fotografía más o menos precisa de las preferencias de la sociedad en un momento dado. Pero, aún más importante que los números, son las estrategias que se van a trazar las fuerzas en pugna en virtud de esos datos.

Podemos decir que Cambiemos ha afirmado un proyecto de poder con un importante consenso social; que su modelo de ajuste sobre la base de reducciones salariales y transferencia de riquezas del conjunto de la población a una pequeña minoría (con un alto nivel de endeudamiento en dólares como lubricante) ha sido legitimado; y que van a intentar convertir la diferencia aritmética de votos en una diferencia geométrica para potenciar sus políticas.

Queda preguntarse por qué han sido votados, si pusieron en marcha un plan de despojo sobre un sector social muy importante.

Consideramos que una parte de la sociedad los ha acompañado porque, o bien se beneficia materialmente (una minoría), o bien simpatiza en términos simbólicos con el proyecto de Cambiemos. También es importante destacar que las consecuencias del ajuste todavía no se perciben crudamente: el endeudamiento externo, que es sufrimiento diferido, actúa como amortiguador y, a su vez, el “colchón” de derechos conquistados durante el gobierno anterior aún no ha podido ser plenamente desmontado. Asimismo no podemos pasar por alto que casi un 60 % del electorado votó otras opciones.

Ahora bien, la pregunta que nos interesa hacernos es la siguiente ¿esta elección anuncia   una nueva época en Argentina donde, al igual que en los años 90, habrá de afirmarse por más de una década una hegemonía neoliberal?

Veamos.

En primer lugar, consideramos que la experiencia neoliberal actual en  Argentina no tiene la pretensión de ser una tormenta pasajera, sino de consolidarse como un proyecto de largo aliento que sirva a su vez para inclinar la balanza regional. Para eso, cuentan con muchas herramientas a su favor: el complejo mediático-judicial, los poderes económicos y, también ahora, el aparato del Estado con cerca del 40% de los votos nacionales.

Con estos instrumentos van a intentar profundizar el plan de ajuste, empezando por la reforma laboral, la reforma previsional, y mercantilizando los sistemas de salud y educación; todo eso combinado con un fuerte aumento de tarifas de los servicios públicos.

Pero para imprimirle mayor velocidad y profundidad a su programa les queda un gran obstáculo por remover, que consiste en delinear una oposición a su medida. Para convertirse en hegemónicos tienen que logran convencer al conjunto de la sociedad de que su plan es el único viable. Y el paso necesario para lograrlo es someter de diversas formas a los sectores más dinámicos del activismo opositor, político, sindical y social.

Ahí reside a nuestro entender el núcleo central de la disputa que se viene en Argentina.

En esta elección hubo algunos datos insoslayables que sirven para completar el análisis.

Por un lado, como ya mencionamos, la consolidación de una fuerza política de derecha de carácter nacional con anclaje social bajo el rótulo de Cambiemos. Por otro, el surgimiento de Unidad Ciudadana, con la referencia de Cristina Fernández de Kirchner, que obtuvo 3,5 millones de votos sólo en la provincia de Buenos Aires. Por último, el languidecimiento de las alternativas opositoras “parecidas” a Cambiemos: Sergio Massa en la Provincia de Buenos Aires, Urtubey en Salta, Schiaretti en Córdoba, variantes del justicialismo y dadores de gobernabilidad del oficialismo, que han sido derrotados. También el socialismo en Santa Fe y el radical Martin Lousteau, opositores bajas calorías, han tenido un desempeño mediocre.

La derecha en este escenario tiene el desafío (nada sencillo, por cierto) de construir una oposición potente y competitiva, pero a su medida. Para eso requiere, como condición de posibilidad, la liquidación del kirchnerismo.

Esta tarea la van a desplegar a través de un operativo de pinzas. Desde las trincheras propias avanzarán a través de la cacería de ex funcionarios kirchneristas por la vía judicial, de la estigmatización de la militancia y de mecanismos de disciplinamiento que incluyen formas coercitivas y represivas para cuando el bombardeo mediático no alcance. Pero también habrá un intento de dilución “desde adentro” de la oposición, bajo el argumento de que Cristina tiene un “techo electoral” y que, para construir mayorías, hay que abandonar la referencia de la ex presidenta, primero, y de las ideas que expresa después.

En ese sentido, va a haber un convite a diluir el “programa” y, con la excusa de acompañar el humor social, ir desmontando los pilares discursivos centrales del proyecto antagónico al neoliberal. Empezarán, por ejemplo, con la solicitud a la oposición de acompañar la baja en la edad de punibilidad de los menores de 16 años y más tarde revisar el salario mínimo, vital y móvil porque es una rémora del siglo XX.

En este marco, la capacidad de sostener el polo democrático popular con eje en Unidad Ciudadana bajo el liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner (no como totalidad de la oposición sino como base para estructurar la confrontación al ajuste) es la condición sine qua non para evitar la domesticación opositora pretendida por el establishment y, centralmente, para evitar que el ajuste se profundice a niveles escalofriantes.

Suponemos que la confrontación se va a dar entre dos polos, sobre la base de dos modelos de país radicalmente opuestos y de proyectos irreconciliables: por un lado, el polo democrático popular, y, por el otro, el conservador con eje en Cambiemos. Esos polos van a tener características particulares en cuanto a las pertenencias identitarias, sociales y sindicales. Y se van a configurar centralmente en función de la posición que asuman frente al programa de ajuste del gobierno.

Estarán dentro del polo oficialista-conservador los que impulsan esas medidas, pero también quienes las acompañen: además de los miembros de Cambiemos se encontrarán sectores sindicales, políticos y sociales que se autodenominan “opositores”. Por otro lado estará el polo democrático-popular, con Unidad Ciudadana como expresión más destacada, con una base heterogénea y con un modelo de país antagónico al de Macri.

Estos proyectos en pugna no son una novedad en Argentina: bajo otras formas, son la expresión de una confrontación que tiene antecedentes históricos desde la Independencia de España, hace ya más de 200 años.

Aquí proponemos una digresión. Unidad Ciudadana puede ser la manifestación político- organizacional de un fenómeno que se dio en  Argentina en los últimos 14 años, llamado genéricamente “kirchnerismo”, que tiene sus particularidades locales, pero también similitudes con las experiencias pos-neoliberales de nuestra región. En Bolivia, Ecuador y Venezuela han surgido fuerzas políticas nuevas, con rupturas y continuidades con sus historias recientes. Los procesos históricos profundos tarde o temprano diseñan nuevas formas de representación. Y las viejas formas, si ya no cumplen con su función de representar en términos políticos cierto núcleo de ideas, tienden a perder la función que alguna vez tuvieron.

Cristina Fernández de Kirchner pronunció en Arsenal, tras la difusión de los resultados electorales, una frase fundacional: “acá no termina nada, hoy acá empieza todo”. Esta frase profunda encierra una contradicción necesaria y fundamental: para que empiece todo, algo tiene que estar terminando; dialéctica donde lo nuevo se afirma sobre lo anterior, integrándolo y resignificándolo en clave del siglo XXI. Creemos que Unidad Ciudadana puede y debe cumplir ese rol histórico.

Pero volvamos a nuestro argumento inicial. Nos parece que el apoyo o la oposición frontal a las medidas económicas que se vienen será el verdadero clivaje estructurante del escenario político. No va a ser la interna de un partido ni la perspectiva electoral al 2019 lo que pueda explicar la dinámica política en los meses venideros. Por el contrario, será la ubicación que se tenga respecto a la batería de medidas que el actual presidente tiene en carpeta el factor explicativo de los polos en disputa.

Por otra parte, y en simultáneo, el sostenimiento de una identidad anclada en la diada resistencia-oposición (en términos económicos, pero también políticos, sociales, sindicales, estudiantiles y culturales) va a operar como un dique de contención a la avanzada neoliberal.

Y aquí agregamos una consideración especial: la resistencia hay que pensarla no solamente como la pavimentación de la avenida para “volver”, sino como la condición de posibilidad para que la calidad de vida del pueblo no se degrade al ritmo que el plan neoliberal requiere. La resistencia no es sólo un medio, es una necesidad inmediata. Es un fin en sí mismo. Y así lo acredita la historia de los últimos 70 años en la Argentina.

El movimiento popular argentino tiene en su ADN las señas identitarias de la resistencia: al golpe del ‘55, a la proscripción del peronismo y a las sucesivas dictaduras. Con sus más y sus menos, con victorias parciales y derrotas.

El sociólogo Juan Carlos Portantiero habló de “empate hegemónico” para caracterizar la etapa que se abrió en Argentina tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón en 1955, refiriéndose a una situación en la que coexistían dos fuerzas políticas que contaban con la capacidad de obstaculizar la plena implementación de los proyectos de la otra, pero no de imponer de forma perdurable un programa propio. Las actuales circunstancias también podrían caracterizarse como de “empate hegemónico” ya que ni las clases dominantes ni los sectores populares pueden afirmarse indefinidamente sobre el otro. Desde la perspectiva del polo democrático popular, la resistencia es la potencia que puede impedir que ese empate se rompa hoy en favor de las clases dominantes.

Por último, la derecha va a apelar a otro mecanismo: el desencanto de una parte importante de la sociedad con la “cosa pública” y, principalmente, de cientos de miles de jóvenes, muchísimos nacidos a la militancia bajo los gobiernos de Néstor y Cristina Fernández de Kirchner. Estos días veremos en Argentina cómo millones de imágenes televisivas y mares de tinta en papel impreso van a intentar formatear una realidad desalentadora, alejando en el ideario colectivo la posibilidad de que este bloque vuelva a ser gobierno. Van a tratar de mostrar, lógicamente, que ellos vinieron para quedarse por muchas décadas y, con eso, buscarán provocar una huida de esos jóvenes a la esfera privada y al mundo de las respuestas individuales.

Para que en Argentina no se afirme un proyecto de carácter hegemónico resulta vital que la clase dominante no logre su objetivo y produzca el “transformismo” opositor que refería Gramsci respecto a la Italia de finales del siglo XIX.

En ese marco, resulta promisoria la frase de Cristina Fernández de Kirchner referida previamente, según la cual “hoy empieza todo y no termina nada” en relación al surgimiento de Unidad Ciudadana.

 Para tender puentes a sectores sociales que hoy no han acompañado con su voto y reconstruir una nueva mayoría la Unidad Ciudadana deberá ser creativa. La afirmación de los principios no debería significar cerrarse sobre sí mismo.

Para finalizar, queremos señalar que el proceso político argentino no opera en el vacío, sino que hay que pensarlo en clave regional. El rotundo triunfo de la Revolución Bolivariana en las elecciones estadales de Venezuela y las perspectivas electorales para Lula en Brasil de cara a las presidenciales de 2018 marcan que no hay “un ciclo que se termina”.

La derecha propone una estrategia global de confrontación, la respuesta también debe ser global. En Argentina hubo una derrota que, según lo que haga el polo democrático-popular, puede ser transitoria o duradera. En América Latina sigue habiendo un escenario en disputa.


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