Causa Olmos: Los pesados y el Nunca más económico

Sin lugar a dudas la deuda externa pergeñada en la última dictadura cívico-militar (1976-1983) debería inscribirse en los anales de los infortunios nacionales.

 

Por: Diego Gabriel Liffourrena*

La denuncia que se transformó en la causa N°14.467 fue presentada en 1982 por Alejandro Olmos en contra de José Alfredo Antonio Martínez de Hoz. Olmos acusaba al ex ministro de haber concebido un plan “con miras a producir un incalificable endeudamiento externo”. Irónicamente, la causa fue cerrada en julio de 2000, a dos meses de la muerte de Olmos, con el fallo del Dr. Jorge Ballestero, sin procesados ni condenados. Sin embargo, dejó abierta la puerta al Congreso para futuras investigaciones. Hace pocos años se intentó instituir una comisión parlamentaria para delitos económicos pero el oficialismo se encargó de acerrojar arbitrariamente aquella iniciativa.

El juez concluye que: “ha quedado evidenciado (…) la manifiesta arbitrariedad con que se conducían los máximos responsables políticos y económicos de la Nación (…) Así también se comportaron directivos y gerentes de determinadas empresas y organismos públicos y privados (…) se facilitó y promulgó la modificación de instrumentos legales a fin de prorrogar a favor de jueces extranjeros la jurisdicción de los tribunales nacionales; inexistentes resultaban los registros contables de la deuda externa; las empresas públicas, con el objeto de sostener una política económica, eran obligadas a endeudarse para obtener divisas que quedaban en el Banco Central, para luego ser volcadas al mercado de cambios; se ha advertido también la falta de control sobre la deuda contraída con avales del Estado por la empresas del Estado.”

Las complicidades eran gigantescas. A través de YPF se canalizó gran parte de los préstamos del exterior. En 1980, Silenzi de Stagni denuncia públicamente a la Junta Militar por el vaciamiento de la empresa. De allí que hayan prestado declaraciones testimoniales altos directivos, encumbrados funcionarios del BCRA y primeras líneas ministeriales. Así lo refleja el fallo: “empresas de significativa importancia y bancos privados endeudados con el exterior, socializando costos, comprometieron todavía más los fondos públicos con el servicio de la deuda externa”.

Pero, ¿que adujo Martínez de Hoz en la indagatoria? Según consta en foja 5304, admite que la deuda externa ha crecido en números absolutos entre 1976 y 1980. También afirma que en el mismo período las exportaciones habían aumentado un 200%. Por tanto, la capacidad de repago argentina estaba por demás garantizada, aseveración que contradecía algunos informes periciales. En pocas palabras, según Martínez de Hoz, el endeudamiento fue un factor dinamizante de la economía nacional.

Entre otros profesionales, los economistas Héctor Valle y Osvaldo Trocca escribieron un lapidario informe pericial para la causa Olmos. Ellos expusieron el nexo entre el endeudamiento externo y la política económica de Martínez de Hoz. En sus propias palabras: “la política económica aplicada (…) integra un programa de clara inspiración en los postulados de la teoría neoclásica”. A lo largo del informe describen los mecanismos y las sucesivas etapas que cumplió el plan económico.

Rememoremos los acontecimientos:

Según el plan original (1976) los objetivos serían: a) “lograr el saneamiento monetario y financiero para modernizar el aparato productivo y crecer sin inflación” y b) adecuar el salario a la productividad para una distribución del ingreso razonable. En este marco ideológico “saneamiento” es sinónimo de “eliminación de ineficientes” y de “reducción del Estado”. Por su parte, “adecuar” salarios equivale a “bajarlos” como condición necesaria para crecer. Con todo, el problema central pasaría por controlar la inflación provocada por el conflicto distributivo y el déficit fiscal.

¿Cuál era la idea central? Transformar la estructura de precios relativos que descargasen el peso del ajuste en el asalariado liberando los precios del sector privado. La apertura comercial intentó deprimir vía competencia los precios internos.

¿Cuál fue el resultado? A mediados de 1976, la inflación pudo ser controlada. En parte porque el FMI concedió créditos en tiempo récord. Pero en verdad los precios estaban amordazados por el congelamiento de salarios. Cuando se intentó modificarlos la inflación volvió a aflorar. Este apremio obligó a un replanteamiento. A contrapelo del liberalismo se decretó un congelamiento trimestral de precios. En este punto se introducen medidas inspiradas en el monetarismo de Chicago.

Se implantó la Reforma Financiera de 1977 liberalizándose las tasas de interés activa y pasiva. Para conjurar la inflación, la idea era acoplar la economía doméstica con la externa dejando que el “mercado” asigne “racionalmente” los recursos. Esta batería de medidas condujo a la proliferación de financieras sin respaldo donde el BCRA era prestamista de última instancia. Con la suba de las tasas pasivas se intentaba “secar” el mercado y mantener a raya la inflación. Los encajes bancarios del 100% disminuyeron a un 15% para luego ser subidos a un 45%.

La liberalización trastocó los márgenes de rentabilidad en contra del sector productivo. Se obtenían rápidas ganancias “jugando” al plazo fijo. Los industriales al no gozar del beneplácito del mercado, estrangulaban la oferta insuflando la caldera de los precios. Sin más, la reforma quebró cultualmente a los industriales sumergiéndolos en el cortoplacismo y en la especulación. Desde el grotesco, esta realidad donde “la guita genera la guita” está reflejada en la película “Plata dulce” (1982) de Fernando Ayala.

La ortodoxia afirma que con la apertura de la economía la tasa de interés internacional tiende a igualarse a la interna más la devaluación esperada que funcionaba como sobretasa de riesgo. Cuando no hay expectativas de devaluación ambas confluyen. Pero como este no era el caso argentino, se tendía a un desacople constante entre las tasas de interés quedando la interna más alta que la internacional.

En toda política existen beneficiados y perjudicados, es decir, intereses que entran en puja. El BCRA buscaba contraer la base monetaria por medio del aumento de los encajes para obstruir una escalada de los precios. El punto era que los bancos incurrían en una pérdida porque retraía su posibilidad de crédito (ganancia).  La presión corporativa tuvo éxito. Se creó la CRM (Cuenta de Regulación Monetaria) que generó una transferencia al sector privado que a su vez monetizaba (contradiciendo el manual ortodoxo para reducir la inflación) el circuito comercial.

La realidad fue que las medidas de la primera etapa sumadas a la reforma financiera (alto costo del dinero y CRM) no pudieron contener la inflación. En consecuencia, la esfera industrial transfería recursos al sector financiero. La obstinación inflacionaria desencadenó una tercera etapa de políticas. Estas fueron de carácter restrictivo en tanto que se registró una caída del 4% del PBI de 1978 respecto al año anterior. En consecuencia, los funcionarios decidieron implementar el Plan monetario de diciembre de 1978 (conocido como “La Tablita”). El objetivo era converger la inflación y la tasa de interés internacional con las nacionales. Por su parte, el tipo de cambio se pautaba junto con las futuras devaluaciones sobre un cronograma descendente para arribar en 1981 a un tipo de cambio fijo como ancla de los precios (igual que en la convertibilidad de los noventa).

Si esto se diera, la inflación internacional sería igual a la nacional y, tal cual reza la ortodoxia, las virtudes del mercado harían girar la rueda del crecimiento. La teoría fallaba si los precios internos crecían más que la devaluación pautada pues el tipo de cambio se revaluaba haciendo al negocio financiero más rentable.

Efectivamente, en Argentina la inflación superaba el ritmo de la devaluación. Las expectativas de devaluación alimentaron la suba de las tasas internas sobre las externas profundizando el problema de la convergencia. Es decir, la sangría de recursos dinamitaba la inversión productiva alimentando un explosivo cóctel a base de especulación financiera. La suba de tasas fomentaba la entrada de capitales especulativos aceitando la “bicicleta”. En última instancia toda la economía se tornó frágil.

La fragilidad se transformó en desesperación cuando en 1980 la Reserva Federal ajustó las tasas de interés dando por finalizado un largo período de liquidez. La burbuja especulativa no tardó en volar por los aires. La quiebra del supuestamente sólido BIR (Banco de Intercambio Regional) desató la crisis, el cierre de bancos y la fuga de capitales.

Ya con Martínez de Hoz fuera del gobierno, se intentó conjurar la crisis financiera. La tasa de interés permanecía altísima y la fuga no cesaba. En este contexto los grandes grupos económicos endeudados en el exterior extorsionaron al Estado estableciéndose los seguros de cambio. Estos subsidios encubiertos beneficiaban al sector privado licuando sus deudas a costa de engrosar la pública.

Con Alemann al frente de la cartera económica se continuó aplicando un ajuste ortodoxo que consistió en suba de tarifas y congelamiento de salarios. El default de México terminó por desbarrancar lo que quedaba en pie. Pero las transferencias al sector privado no mermaron, incluso se intensificaron con la ampliación de los seguros de cambio otorgados desde el BCRA. Poco tiempo después la deuda externa privada se estatizó. En este punto se hace evidente quién tenía “la sartén por el mango y el mango también”.

Quizás el cambio más importante que introdujo la política económica de la dictadura haya sido el desmantelamiento de la relativa industrialización y del estado de bienestar. Las reformas modificaron fuertemente la correlación de poder, la distribución del ingreso y la inserción de las empresas y sectores. Esto facilitó la instalación de un nuevo paradigma económico relacionado a un patrón de acumulación basado en la renta financiera y en la especulación. Para ello era necesario sistematizar la represión, acallar la voz popular y dejar que un sistema de precios libres haga las veces de contralor social.

En resumen, luego de desenmascarar el proceso de revalorización especulativa-financiera el informe Valle-Trocca propuso un Nunca más económico que pretendió erigirse como un legado. El grito quedó ahogado. El neoliberalismo agazapado atacó nuevamente. Una década más tarde, el gobierno de Menem allanó el camino para un camino de endeudamiento y desempleo. Desendeudamiento mediante (2003/2015) Argentina volvió a extasiarse con el crédito externo de la mano de Macri y de la alianza Cambiemos. Este calvario reconoce su cristalización en el préstamo Stand-By concedido por el Fondo Monetario Internacional. A diferencia de los años noventa tal vez como nunca antes en la historia económica argentina se verifica una obscena toma por asalto del Estado por parte de las distintas fracciones del capital.

Estas líneas no hacen más que remitirnos a las geniales líneas que Charly García plasmó en Los dinosaurios cuando dice que “los pesados” (analogía de militares y cómplices civiles) cargados de culpas, resentimientos y dinero algún día, como ambicionaba Olmos, van a desaparecer.

*Licenciado en Comercio Internacional, Universidad Nacional de Quilmes (UNQ); magister en Historia Económica y de las Políticas Económicas, Universidad de Buenos Aires (UBA); doctorando en Desarrollo Económico, Universidad Nacional de Quilmes. Miembro del Centro de Economía Política Argentina (CEPA).

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